Brevísimo estado del podcasting

Allá por diciembre de 2014 escribía que los podcasts habían vuelto. ¿Qué pasó en estos dos años? ¿Hubo cambios, mejoras o retrocesos en el universo podcastero?

Allá por diciembre de 2014 escribía que los podcasts habían vuelto. El “efecto Serial” –el podcast que rompió todas las audiencias– supo traer nuevos aires a un formato que todavía sigue buscando posicionarse. ¿Qué pasó en estos dos años? ¿Hubo cambios, mejoras o retrocesos en el universo podcastero?

Vamos a hacer un brevísimo estado del podcasting tomando como referencia lo que había escrito hace poco menos de dos años. 

Acerca de los podcasts y los medios tradicionales

2014: ¿Qué harán los medios tradicionales (periódicos y revistas) con los podcasts? ¿Querrán capitalizar a sus redactores y analistas para pasar a un formato no escrito? Lo más probable es que los grandes periódicos no hagan nada, o cuando hagan algo, sea ya tarde. No obstante, creo que puede ser interesante ver movimientos y oportunidades para revistas de nicho o de estilo —como Rolling Stone, Esquire, Fast Company o Forbes— para dar un ejemplo.

2016: Pues bien, ¡predicción acertada!. Los medios tradicionales no hicieron nada. Y si algo hicieron, lo hicieron tan mal que pasó completamente desapercibido. Tampoco las revistas o medios de nicho están aprovechando (ni siquiera experimentando) con el formato. Es una pena, porque podrían ganar buenos espacios para sus productos y marcas.

Acerca de los podcasts y las grandes radios

2014: ¿Qué harán las radios? Yo creo que aquí son las convidadas de piedra en este nuevo momento. ¿Seguirán pensando en las grillas de programación y en los horarios fijos para sus programas? (…) Hasta ahora la mayoría se ha limitado a empaquetar sus shows y subirlos tal cual, aprovechando el tirón de su audiencia. Pero están dormidos, y creo que deberán despertar pronto porque más temprano que tarde deberán competir con producciones independientes —que exploten su creatividad— y otras de gente ligada a la radio —explotando su savoir-faire—.

2016: Creo que en este punto es donde podemos encontrar lo más interesante. Las radios “tradicionales” siguen empaquetando sus shows y programas en formato podcast y lo cierto es que les va bien. Al menos en España, –si observamos el ranking de podcasts más populares de iTunes– casi la mitad son shows de radio. Pero no se quedaron ahí. En el primer trimestre de 2016 el Grupo Prisa lanzó con bombos y platillos Podium Podcast, su propuesta para entrar de lleno en este mundo con una programación muy interesante que mezcla producciones de ficción como El gran apagón y Club del Terror o recuperación de archivo (algo a lo que las radios pueden sacarle mucho valor) como Grandes entrevistas. También vemos que gente ligada a la radio está –efectivamente– explotando ese conocimiento y haciendo crecer sus redes de podcasts, como es el caso de Posta.fm.

Los podcasts y los medios digitales

2014: ¿Qué harán los medios puramente digitales? ¿Se sumarán al carro?. Yo creo que sí. Lo que los diferencia del resto de medios es que entre su audiencia hay una cuota más alta de gente joven —a los que el marketing llama millennials— y deberán arriesgar. Humor y ficción ultra breve podrían ser buenos tópicos. Ya se rumorea que Buzzfeed tendría una persona a cargo de un posible servicio de podcasts, y creo que va a motivar a muchos a seguir esos pasos.

2016: Aquí no hemos acertado y el panorama es un poco más tibio. Buzzfeed sí que lanzó su servicio de podcasts pero pocos medios lo siguieron. Los que ya los tenían (como Vox o The Verge) siguen produciéndolos, pero el posicionamiento en la oferta total de contenidos del medio es menor. En español las apuestas por medios digitales en el podcasting fueron marginales o más bien nulas. La oferta crece, pero gracias a los podcasters amateurs.

Sobre los podcasters

2014: ¿Qué harán los podcasters? Hoy, técnicamente es posible grabar un podcast desde el micrófono de tu computadora o desde el teléfono, pero en este formato la calidad cuenta, y mucho (…) en definitiva, no queda otra que poner muchas horas y trabajo en el producto.

2016: En este punto tenemos que decir que la calidad ha crecido bastante y es un buen signo. No sólo en el aspecto fundamental del podcasts –que es el audio– sino también en las notas, portadas, producción y guión de los episodios. Se notan los esfuerzos de profesionalización de los programas. 

Sobre los oyentes

2014: Por último, pero no menos importante, ¿Qué harán los oyentes? ¿Lo tomarán como un revival o se engancharán verdaderamente al formato? En este punto tengo mis dudas. Creo que hay que ver en 2015 como se mueven las radios y los servicios de streaming y ver si pueden potenciar la tracción integrando oferta de contenidos. Eso va a ser clave para consolidar este tirón. Veo difícil (salvo con algún caso excepcional como Serial) que de manera orgánica salga un bombazo. Pero todo puede pasar :)

2016: Vamos a ver, otro “bombazo” como Serial no hubo, y recién hace unos meses Spotify agregó oferta de podcasts en su aplicación móvil. Creo que hay mucha más gente que escucha podcasts (aunque el volumen de búsquedas parece haberse enfriado) pero todavía sigue siendo algo de nicho. La integración de iOS y Android en los coches (donde mucha gente pasa horas yendo al trabajo) tampoco tomó mucho vuelo.

Para terminar, vamos a hacer un balance muy breve sobre lo que veo –como un simple oyente– en el panorama podcastero. 

Lo bueno

  • La oferta de podcasts sigue creciendo (sobre todo en español) y los hay sobre prácticamente cualquier cosa. Seguro habrá alguno que sea de tu interés en los directorios de Ivoox o iTunes. 
  • La calidad de los programas es cada vez más alta, y no sólo en el sonido, sino también en la producción. Esto los hace más «escuchables», ya que son más cortos, agrupados en temporadas y con un guión más estructurado. El podcasting en español ya se ha profesionalizado
  • Los podcasts están entrando en otros terrenos, como la ficción, y eso es una buena noticia. Tras los años se ha pasado del formato “reunión de tres amigos” a producciones más complejas.
  • De a poco se van abriendo más canales para nuevos oyentes. Spotify ha incorporado una sección de podcasts desde su app móvil y Audible lo está haciendo desde el mundo editorial con los audiolibros.

Lo malo

  • Sigue siendo todavía algo difícil encontrar buenos podcasts –al menos en español–. iTunes permanece como el punto central de descarga y se hace engorroso encontrar nuevos programas.
  • Sigue siendo un medio de nicho. A pesar de que hay más gente escuchando podcasts todavía no pudo posicionarse como un canal fuerte. Habrá que seguir esperando.
  • La monetización de los programas –puedo presumir– continúa siendo difícil o prácticamente imposible.
  • El aprovechamiento transmedia de los programas podría mejorar. Si bien las redes de podcasts tienen sus propias apps (imagino para poder tener mejores métricas y hasta incluso ofrecer más publicidad) no me parecen útiles y no van más allá de eso. Se ve poco contenido cruzado entre las distintas plataformas (programa y redes sociales). 

Bonus track: 5 podcasts que recomiendo

¿Cómo vamos a escribir sobre podcasts y no recomendar ninguno? Aquí les dejo cinco programas que recomiendo escuchar ya mismo en su reproductor favorito.

  1. Radio Ambulante, el que es –para mí– el podcast mejor producido en español. Casos e historias de toda Latinoamérica contadas por sus periodistas e investigadores. Impecable.
  2. Witness, un podcast producido por la BBC que me gusta mucho. En cada episodio –todos muy cortos– relatan un hecho histórico trascendente en la voz de personas que estuvieron allí. 
  3. El gran apagón, Gran experimento de Podium Podcast, la red del Grupo Prisa. Una suerte de “radioteatro” en la que se nos cuenta la historia de un apagón que deja a todo el planeta sin energía durante más de ochenta días. 
  4. Señaladores, un programa de la red Posta.fm sobre libros (casi como un club de lectura) en el que la dupla de conductores se complementa muy bien y es el punto ganador. Espero que haya nueva temporada durante el resto del año. 
  5. Perspectiva, muy buen podcast sobre economía y negocios de la red Emilcar FM. Usualmente no suelo escuchar podcasts sobre estos temas, pero el enfoque de este programa me gusta mucho: cada episodio es un “caso de análisis” sobre una empresa de éxito. Didáctico, claro y simple.

Cinco Esquinas: regreso para Vargas Llosa

Un libro redondo que nos lleva al Perú de los años 90 y donde se discute el rol del periodismo 'amarillo'

 

★★★★✩ – Solo me llevó unos pocos días terminar de leer Cinco Esquinas [$], el último libro de Mario Vargas Llosa, y la verdad es que me gustó mucho. Cinco Esquinas, editado por Alfaguara, es de esos libros en los que te das cuenta que detrás hay un premio Nobel, porque no le sobra nada. Y ahí está la virtud. Todo está en su justa medida: los personajes principales, el ritmo, la trama, los secundarios y el twist final para cerrar el libro. Leer a Vargas Llosa es un placer, y mucho más cuando incluso a sus ochenta años se anima a volver con escenas eróticas en sus historias.

Cinco Esquinas tiene como trama dos ejes bien marcados que se irán mezclando a lo largo de los capítulos. Por un lado, la relación amorosa entre dos mujeres, ambas esposas de empresarios influyentes y poderosos del Perú que ven envueltos en un escándalo; y por otro, el mundo del periodismo ‘amarillo’ que como títere del poder político destapa o inventa dramas sexuales de políticos opositores. Estas dos historias suceden en algún tramo de los años 90, durante la presidencia de Alberto Fujimori y donde Sendero Luminoso sembraba el terror en el Perú.

La crítica seguramente dirá que se trata de un “libro menor”, algo que resulta obvio si se lo compara con obras pasadas –y consagradas– como Conversación en la Catedral o La casa verde, pero Vargas Llosa a sus 80 años ya no tiene que demostrar nada a nadie, sobre todo cuando nos presenta un libro ‘redondo’ como Cinco Esquinas, que como digo, tiene esa extraña virtud de no sobrarle nada. ◼︎

Los chicos de la guerra

'Zinky Boys', de Svetlana Alexievich, es un crudísimo relato de la aventura militar soviética en Afganistán

★★★★✩ – Solían hacerlo por las noches, aunque también podía pasar a plena luz del día. Una pareja de oficiales del ejército soviético golpeaban a la puerta y preguntaban por los padres del soldado. Sin más preámbulos que un saludo seco y formal, les entregaban una bolsa con pertenencias y dentro de una caja de zinc –sellada y soldada– el cuerpo de su hijo. En un país donde hasta la muerte de un hijo era un secreto, resultaba muy difícil comprender los motivos de una guerra.

Así entregaba el ejército soviético a sus soldados caídos en la guerra de Afganistán. En los mismos portales de las casas, envueltos en un cofre de zinc. De allí tomó Svetlana Alexievich el título de su libro, Zinky Boys: Soviet Voices from the Afghanistan War [$]

Si lo que habíamos leído en Voces de Chernóbil [$] costaba digerirlo, imagínense relatos de chicos contando el infierno de una guerra. Alexievich recoge testimonios de soldados, médicos, voluntarios, familiares y militares que participaron de la invasión soviética a Afganistán en los años ochenta. Y lo crudo no está en lo que el autor escribe, sino en que el relato es de quien mismo lo sufre, sin recortes. Las madres, las esposas, los que volvieron, los que perdieron a sus amigos.

Ni bien comenzar Alexievich deja claro (la traducción es mía)

Mi objetivo es describir los sentimientos sobre la guerra en lugar de la guerra en sí misma.

Lo crudo de este libro:

En el medio del camino vimos a una joven afgana arrodillarse al lado de su niño muerto, llorando y gritando. Pensaba que solo los animales heridos eran capaces de gritar de aquella manera.

Y así continúa, como lo hizo en Voces de Chernóbil, donde no hay un orden cronológico sino una sucesión de relatos sueltos que no tardan en retratar una guerra absurda (¿hay acaso alguna guerra que no lo sea?): el hambre, el calor, la desilusión, el miedo, la miseria, los abusos. Retazos de realidades y sentimientos muy duros.

Donde, por ejemplo, se crece muy de golpe:

En Afganistán la noche cae como una cortina. En un momento es de día, y en otro es ya la noche. Un poco como yo, que era un niño y aquí me convertí en hombre, así, de una vez. Esto es lo que la guerra hace en ti.

Y la muerte deja las imágenes más crudas:

Otro de mis compañeros tuvo una muerte lenta. Quedó tirado en el piso y empezó a nombrar todo lo que podía ver, y a repetirlo como un niño que recién aprende a hablar: ‘Montañas… árbol… pájaro… cielo…’ hasta que llegó el final.

Pero los sentimientos humanos afloran:

Pasé el año nuevo con Sasha en un operativo. Apilando en forma de pirámide unos fusiles hicimos un árbol de navidad, y hasta colgamos unas granadas como si fueran regalos. Escribimos ‘Feliz Año Nuevo!!!’ con pasta de diente en un lanzacohetes, y por algún motivo pusimos tres signos de exclamación.

Y como en toda guerra, está también el desconsuelo de los sobrevivientes, que vuelven al olvido y la marginación:

Éramos una gran familia allí, pero ya intuíamos que al regresar a casa seríamos una generación perdida y olvidada.

A medida que iba pasando las páginas no pude evitar trazar un paralelo con las historias de los excombatientes de la guerra de Malvinas –que enfrentó a Argentina y el Reino Unido en 1982–. Gran parte de los soldados soviéticos asignados a Afganistán eran jóvenes. Chicos de 18 a 20 años, con poca formación militar y de zonas frías (Ucrania, Bielorrusia, Lituania) que tenían muchas dificultades en adaptarse al clima desértico y caluroso de Afganistán. Algo parecido sucedió con los argentinos –de la misma edad– que fueron desde regiones del norte yla Mesopotamia (con un clima caluroso y húmedo) al frío antártico del Atlántico sur. 

Es obvio que las circunstancias y los conflictos son diferentes (la invasión soviética a Afganistán duró casi diez años y la guerra de Malvinas unos pocos meses) y que los roles están invertidos (en este caso la URSS entró al conflicto como superpotencia y la Argentina como un país del tercer mundo) pero si vamos a las historias y los relatos, es escalofriante el paralelo que uno puede trazar. La vergüenza de los que regresan, su marginación y caída en la depresión o las adicciones, la indiferencia de una sociedad que sigue su vida como si nada pasara.

Porque como pasó en Malvinas, las guerras también pueden perderse en casa. Así lo dice un veterano:

¿Quién dice que perdimos la guerra? Aquí es donde la perdimos, aquí, en casa, en nuestro propio país.

La misteriosa Vivian Maier

De cómo una compra de garage descubrió uno de los talentos artísticos del siglo XX

John Maloof era un treintañero de Chicago que quería poner en valor la historia del Portage Park, el barrio de su infancia. Decidió que la mejor manera de hacerlo era escribiendo un libro, y además de entrevistas, testimonios y recogida de archivos históricos, necesitaría encontrar suficientes imágenes de época para mostrar la transformación del distrito tras los años. 

Uno de los tantos lugares donde decidió buscar fotografías fue en mercados de pulgas, subastas y ventas de garage –para lo que tiene un olfato “de familia”, según él– y por la módica suma de 380 dólares se hizo con un lote de varias cajas con negativos y pertenencias de una misteriosa mujer que había retratado su barrio. 

Al regresar a casa hizo una inspección del material y rápidamente pudo identificar lugares conocidos en las fotografías, aunque pudo percibir algo más. No sabía todavía lo que era, pero intuía algo especial en ellas. Tras escanear decenas de negativos iba notando la calidad de las imágenes, las tomas y los retratos. Pero necesitaba ayuda para poder desentrañar este misterio.

Abrumado por la cantidad de material para clasificar (unos 30 a 40 mil rollos) en octubre de 2009 decidió buscar consejo en Internet. Publicó un post en uno de los grupos de fotografía urbana de Flickr (que aún sigue online) y preguntó a los foreros “¿Hey, qué creen que puedo hacer con esto?”.

La respuesta fue inmediata y contundente: el valor artístico de las fotos era increíble y no quedaban dudas de que en ese garage se había encontrado el trabajo de una de las fotógrafas urbanas más importantes del siglo XX: Vivian Maier.

Desde ese momento la curiosidad por saber más de esa mujer se volvió una obsesión. Dentro del lote comprado en la subasta había cientos de papeles, recibos, ropa, recortes de periódicos y hasta una caja con sus sombreros, pero poco había sobre su vida, su familia y pasado. ¿Quién era esa mujer? ¿Cuáles eran los motivos de su compulsiva forma de fotografiarlo todo? ¿Porqué murió en el total olvido?

* * *

Vivian Dorothy Maier nació en el barrio del Bronx, Nueva York, el 1 de febrero de 1926. Como cualquier niño criado durante la Gran Depresión, pasó muchas necesidades y tuvo una infancia dura. De su familia se conoce muy poco –su madre era francesa y su padre austríaco– y de pequeña viajó varias veces a Francia, al hogar de su familia materna, para luego regresar a los Estados Unidos a comienzos de la década del cincuenta. 

Vivian, o Miss Maier, como prefería que la llamaran, comenzó a trabajar en una fábrica de ropa donde las jornadas eran largas y la paga muy mala. Pero lo que más le molestaba no era el ambiente y el magro salario, sino el no poder estar fuera, al aire libre, en contacto con el mundo exterior. Por eso decidió dejar la fábrica y convertirse en nanny, una cuidadora de niños para las familias de buen pasar de Chicago. Este trabajo le aseguraba un techo, comida y la posibilidad de poder salir fuera a tomar fotografías. 

Tanto su personalidad –excéntrica y reservada– como su aspecto –flaca, alta y desgarbada– hizo de Maier una persona rara pero hasta cierto punto querible. En ella todo parecía de otro tiempo. Su vestimenta (blusas, vestidos y botas), la forma de caminar o su acento al hablar llamaban inmediatamente la atención. Todos los que la conocieron coinciden al recordarla: Maier jamás se despegaba de su cámara. Siempre colgaba de su cuello. 

Como podemos ver en parte de su obra*, la mentalidad de acumuladora compulsiva la solía obligar a tomar fotos de todo, hasta del interior de los botes de basura. A través de su Rolleiflex de formato medio y doble lente (esas que tienen el disparador en el lado frontal, y el visor en la tapa superior) capturó miles y miles de instantáneas urbanas y retratos. A través de ellas podemos observar hoy el mundo de Maier y su forma de relacionarse con su entorno, las cosas que llamaban su atención, curiosidad o sorpresa. Su ojo es lo que la hace diferente y donde reside su arte. Porque ante todo, la fotografía es el arte de observar. 

El talento artístico de Maier resulta innegable, y en sus fotografías puede advertirse una capacidad técnica magistral: encuadre, iluminación, perspectiva, equilibrio y expresividad. Todas logran transmitir emotividad, aún en el retrato de situaciones o personajes nada agradables. Toda la obra de Maier es una suerte de viaje caleidoscópico por los Estados Unidos de fin de siglo, y según expertos, se encuentra a un nivel de grandes de la fotografía americana como Robert Franck o Diane Arbus.

Gracias a la publicación de libros como Vivian Maier: A Photographer Found ($), donde relata toda la historia de su hallazgo y detalles técnicos sobre su obra; Vivian Maier: Self-Portraits ($), con una selección de sus autorretratos, Vivian Maier: Street Photographer ($); exhibiciones en distintas partes del mundo y al poder de Internet pudo convertir a Vivian Maier en el ícono fotográfico de los últimos años. Para Maloof esto es solo una parte del reconocimiento que debería tener como artista.

Además de los tres libros publicados, John Maloof cuenta toda esta historia en Finding Vivian Maier, un vídeo documental donde recoge testimonios de personas que la conocieron y sobre sus viajes a Saint-Bonnet-en-Champsaur, el pequeño pueblo de pastores en Francia donde su madre había nacido. La cinta ha sido nominada como Mejor Documental en los premios Oscar y BAFTA.

* * *

La historia de Vivian Maier es la historia de una gran artista, que por algún motivo que no conocemos, decidió permanecer fuera de los reconocimientos y de la vida pública. Maier decidió no compartir su obra con nadie – hasta incluso se encargó de mantenerla bajo llave allí donde vivió– y eso la hace aún más cautivante. A pesar de que apenas se puede husmear en su vida, sabemos que como todo artista tenía algo de rebelde. Su condición de mujer, por siempre soltera, rara, periférica –a las élites culturales e intelectuales– no la hacían creíble. ¿Cómo una cuidadora de niños iba a poder convertirse en una fotógrafa de fama?

Luego de haber leído los libros y visto el documental me pregunto: ¿Qué hubiese pasado si Maloof no encontraba esos negativos en aquel garage? Seguramente nos habríamos perdido de conocer a alguien con mucho talento. Y eso hubiese sido una gran pena. Pero inmediatamente me vienen más preguntas, como la de imaginarme a Maier hoy, en plena era de smartphones e Instagram: ¿Sería famosa? ¿Podrían sus fotos sobresalir entre tanta selfie y vídeos de gatitos? ¿Cómo enfrentaría una época en la que la fotografía es más que nada un acto público, un «ser para los otros» que uno privado?  

Lo más probable es que hoy estemos rodeados de fotógrafos del talento de Vivian Maier y no lo sepamos. Están ahí, en medio de todo el ruido, esperando su momento. Quién sabe. Será cuestión de que el azar, dentro de unos tantos años, cruce a alguien con un arrumbado datacenter o un viejo teléfono móvil sin dueño, con un tesoro dentro por ser descubierto. ◼︎

(*) Nota: Puede parecer un poco raro hablar sobre una fotógrafa sin ilustrar el artículo con parte de su obra. Mientras redactaba esta nota contacté con el equipo de la colección Maloof para solicitar la autorización correspondiente pero aún no obtuve respuestas.

Deutschland 83, una serie que nos lleva a lo más caliente de la Guerra Fría

¿Podrá un espía novato evitar una guerra nuclear?

Estos días terminé de ver la serie Deutschland 83 (★★★★☆) que en tan solo ocho episodios nos cuenta la historia de Martin Rauch (Jonas Nay), un joven guardia de frontera de la República Democrática Alemana (RDA) que es reclutado por su tía y agente Lenora Rauch (gran papel de Maria Schrader) para infiltrarse en Occidente. La misión de «Kollibri» será recoger información sobre los planes militares de la OTAN, sobre todo la localización de misiles para disuadir a la Unión Soviética y el bloque del este, a la vez de ayudar a que su madre consiga un lugar en una lista de transplantes. Para cumplir con este encargo Martin debe pasar por un corto pero intenso camino de aprendizaje como espía, que incluye mucha violencia, intriga y cuestionamientos sobre sí mismo y el país que supuestamente está defendiendo.

La serie tiene una producción magnífica y hay dos elementos que me resultaron muy interesantes en la historia: en primer lugar consigue transmitir el increíble sentido de paranoia nuclear de la Guerra Fría –que Reagan y Brezhnev mediante– tiene a todos locos. El temor de una guerra de destrucción masiva preocupa sobre todo a los alemanes, orientales y occidentales por igual, ya que por ubicación geopolítica serían los más perjudicados ante un conflicto (y esto me hace hoy entender un poco mejor a los coreanos del sur). Por otro lado, Deutschland 83 nos enseña muy bien las técnicas de manipulación psicológica de la Stasi a sus ciudadanos, donde todos son informantes del gobierno. Al final del día uno termina sin poder confiar en nadie, y hasta incluso en dudar de sí mismo, como sucede con el protagonista. Esto hizo del régimen de la RDA –como mencionan algunos expertos– en la mayor maquinaria de vigilancia y control jamás conocida. 

Pero Deutschland 83 no es solamente una muy buena historia. El lado estético de la serie también está muy bien logrado: desde las localizaciones –que incluyen edificios y despachos reales de la época–, hasta el vestuario y la fotografía, donde uno puede advertir desde los encuadres en qué lado del muro está ocurriendo la historia. La música merece una mención especial, que incluye íconos del synth pop de los ochenta como Bowie, New Order, Eurythmics, Duran Duran o Nena, con el 99 Luftballons que por supuesto no podía faltar.

Deutschland 83 es la primera serie alemana en emitirse en los Estados Unidos –en idioma original, con subtítulos– con una muy buena recepción de la audiencia, todo un acierto para Sundance TV. La producción de una segunda temporada aún no está confirmada, aunque Hollywood Reporter estima que sí podría haber posibilidades y que se llamaría Deutschland 86 –llevando la trama tres años hacia adelante– para concluir con una tercera temporada ubicada temporalmente en 1989, ya en la víspera de la caída del muro de Berlín.

Si les interesan las películas sobre la ex Alemania Oriental pueden ver la magnífica La vida de los otros (Das Leben der Anderen, premiada con un Oscar), Barbara (que ya hemos reseñado), la tragicómica Goodbye Lenin! o la adrenalínica El túnel (Der Tunnel). Desde el lado de los libros, les recomiendo leer Stasiland (con testimonios e historias de detenidos) o Stasi: The Untold Story of the East German Secret Police, escrito por John Koehler, quizá el análisis más exhaustivo de la «espada y escudo» del régimen. 

En España la serie puede verse por Movistar TV. Porque no sólo de Netflix viven los seriéfilos. ■

La vida en los tiempos del Big Data

¿Hacia dónde nos llevan los algoritmos?

Hace poco terminé de leer dos libros que exploran el fenómeno de los datos –el famoso Big Data– y su impacto en la vida cotidiana. ¿Cómo están afectando los datos a nuestras vidas? ¿Qué consecuencias nos traen? ¿Nos despertaremos un día con una revolución imprevista?

Estoy hablando de The Glass Cage: Automation and Us ($) escrito por Nicholas Carr y Automate This: How Algorithms Came to Rule the World ($) de Christopher Steiner. Ambos son libros recomendables que tratan sobre la enorme –y escalofriante– influencia que están teniendo los algoritmos en distintas facetas de la vida social sin darnos cuenta. 

El contrapunto entre ambos es interesante, ya que en la mayoría de los argumentos están en veredas opuestas: Carr tiene una postura ciertamente defensiva y hasta un tanto fóbica a la invasión de los datos en la vida social; mientras que Steiner opta por una postura más pragmática: más nos vale entenderlos que resistir. 

Carr y la jaula de cristal

En The Glass Cage Nicholas Carr indaga sobre los peligros de la automatización de nuestra vida cotidiana. No es un libro tecnológico ni de algoritmos, tampoco sobre robots. Es más bien un relato que pretende enseñar las consecuencias que trae a nuestras habilidades «humanas» la creciente dependencia en el software. 

Así lo introduce:

This is a book about au­toma­tion, about the use of com­put­ers and soft­ware to do things we used to do our­selves. It’s not about the tech­nol­ogy or the eco­nom­ics of au­toma­tion, nor is it about the fu­ture of ro­bots and cy­borgs and gad­getry, though all those things enter into the story. It’s about au­toma­tion’s human con­se­quences.

Para quienes lo hayan leído antes en The Shallows: What the Internet is Doing to our Brains ($) encontrarán un argumento muy parecido: si antes la exorbitante cantidad de información nos estaba haciendo más difícil aprender y focalizar nuestra atención, hoy los algoritmos y la automatización nos están dañando nuestras habilidades de aprendizaje como la memoria, nuestra orientación espacial, visión, identificación de patrones, reacciones motoras –esto es, los reflejos– y otras capacidades físicas.

Su tesis es muy sencilla: Al delegar cada vez más las tareas y actividades en las computadoras (software y algoritmos) estamos desarrollando una menor actividad neurológica. En consecuencia, si “entrenamos” cada vez menos nuestros cerebros, nuestras habilidades cognitivas serán también menores. Si en The Shallows decía que el exceso de información nos está haciendo «más tontos», en The Glass Cage los algoritmos y la automatización nos están haciendo «más inútiles».

Durante el libro va dando muchos ejemplos, y entre ellos el de la industria aeronáutica, que según Carr, es el gran «banco de pruebas» para ver las consecuencias de la automatización. 

Así lo explica:

(…) the shift from mechanical to digital systems, the proliferation of software and screens, the automation of mental as well as manual work, the blurring of what it means to be a pilot—offers a roadmap for the much broader transformation that society is going through now. (…) As we begin to live our lives inside glass cockpits, we seem fated to discover what pilots already know: a glass cockpit can also be a glass cage.

Tras analizar varios casos de accidentes aéreos, se observa que cuando fallan los controles automáticos –el software- los pilotos de hoy ya no tienen la destreza necesaria para poder comandar la máquina en modo manual. Muchos accidentes recientes se debieron a estas fallas humanas. A lo largo del tiempo, los reflejos, experiencia y atención se ven disminuidos por el hecho de delegar la tarea al ordenador. Y ahí es donde nos vemos dentro de la jaula de cristal

Esta situación no sólo se presenta en la industria de la aviación. Por ejemplo, los arquitectos están perdiendo la habilidad para el diseño manual de dibujos y esquemas por las herramientas de CAD, al punto que sería técnicamente imposible diseñar hoy un edificio moderno sin la ayuda de computadoras. Lo mismo sucede en la medicina con los diagnósticos –Carr muestra una posición muy crítica hacia la informatización de la salud– y también lo ven los programadores de software, que ven todos los días el avance de los IDEs (entornos de desarrollo) para hacerles el trabajo más ¿fácil?.

Por fuera del ámbito laboral también hay ejemplos interesantes. Carr cuenta el caso de cómo la tribu de los Iniut, expertos en la navegación natural, es decir, a través de referencias del ambiente (ríos, montañas, estrellas, nubes) están perdiendo esas capacidades por utilizar con mayor frecuencia los dispositivos de navegación automática (GPS). El argumento es el mismo: lo que no se ejercita se termina perdiendo, y cada vez que te dejas guiar por el móvil tu hipocampo se hace un poco más perezoso.

El problema, sostiene Carr, es que la automatización “nos da lo que no necesitamos, al costo de dejar de hacer lo que nos hace mejores”. Sin la práctica, sin la repetición, sin el ensayo, nuestros cerebros no conseguirán dominar el proceso de aprendizaje (y algo de esto me recuerda a la regla de las diez mil horas que cuenta Malcolm Gladwell en Outliers) para adquirir una nueva habilidad. En definitiva, seremos buenos para nada.

¿Quién maneja los hilos?

Si The Glass Cage nos deja un sabor amargo –y un tanto pesimista, hay que decirlo– la propuesta de Steiner en Automate This nos viene a compensar la tarde. No es que sea una visión romántica o inocente, sino más bien pragmática. Los algoritmos están aquí –desde hace bastante, enfatiza– y lo único que podemos hacer es llevarnos bien con ellos. 

Si Carr tomaba como testigo a la industria de la aviación, Steiner lo hace con la industria de la información financiera. La imperiosa necesidad de predecir para optimizar la toma de decisiones fue lo que realmente cambió el mundo de las finanzas. A comienzos de los años ochenta el ascenso de los quants –analistas cuantitativos– de la mano de Thomas Peterffy en Wall Street fue lo que cambió las reglas. Su historia es muy interesante. Hoy, el 60% de las transacciones bursátiles en los Estados Unidos están hechas por bots, programas que analizan miles de variables antes de decidir, de forma autónoma, en dónde invertir millones de dólares. Algunos bots están incluso programados para permanecer en silencio, durante meses, esperando el momento de dar la emboscada a otro algoritmo y explotar sus deficiencias. Guerra de guerrillas.

Emprendedores y académicos con olfato vieron inmediatamente otras posibilidades para los bots: hoy pueden predecir cuál es la canción que permanecerá más tiempo en el top de los charts o las probabilidades de Irán para enriquecer uranio. Los algoritmos pueden incluso ayudarnos a detectar las notas correctas en la apertura de A Hard Day’s Night, que se mantuvieron en misterio durante cuarenta años; o predecir las probabilidades de compatibilidad de astronautas en misiones espaciales. 

Pero para Steiner todavía siguen necesitando de muchas mentes:

But most of the data is just noise; it’s meaningless. To work properly, predictive algorithms need instructions that allow them to ignore the noise and zero in on the factors that matter.

¿Esto nos trae algún peligro? Steiner no es tan categórico como Carr, y toma cierta posición neutral sobre las implicaciones sociales. La pregunta que hay que hacerse, sugiere, es quién está detrás de ellos o qué puede pasar cuando no se los controla. Así lo explica:

Algorithms normally behave as they’re designed, quietly trading stocks or, in the case of Amazon, pricing books according to supply and demand. But left unsupervised, algorithms can and will do strange things. As we put more and more of our world under the control of algorithms, we can lose track of who –or what– is pulling the strings.

Párrafo aparte merece el capítulo que Steiner dedica a los pioneros en las ciencias matemáticas y lógicas. Figuras como Leibniz, Euler, Pascal, Gauss o Boole, todos europeos, fueron quienes pusieron los cimientos para la futura ciencia de la informática. Sin embargo, el siglo XX encontraría en los Estados Unidos, con von Neumann y Shannon, el mejor prólogo a los Facebook y Google de hoy.

¿Qué pasará con nuestros trabajos?

Más allá de tener diferencias, ambos libros tocan con mucho detalle un tema que está hoy en todas las portadas: el impacto de la automatización y los algoritmos en el mercado de trabajo. ¿Acabaremos quedándonos sin empleo?

Carr apela al pasado y afirma que desde los tiempos de la revolución industrial tenemos ese temor. Aunque eso sí, siempre las voces del progreso se asociaron a la técnica y la mecanización como fuerza ilustradora. Hasta incluso el mismo Karl Marx –alienación mediante– reservaba una esperanza para la mecanización en manos del proletariado: liberar a los trabajadores de las tareas más acuciantes y poder usar el tiempo para el ocio y el conocimiento, con su conocida cita sobre “dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico” en La ideología alemana ($). El punto de inflexión lo marca la Gran Depresión de los años 30, donde el colapso económico puso a los sindicatos y trabajadores en pie de guerra. Las máquinas ya no eran esas que nos quitaban lo duro del trabajo, sino que nos amenazaban con quitarlo todo. 

Según Steiner, hoy son las clases medias y los trabajadores de cuello blanco los que temen quedarse sin trabajo por culpa de los algoritmos, ya que sus tareas se reducen, en general, a controlar que las computadoras hagan su trabajo. ¿Qué es lo que pasará entonces cuando el software se pueda controlar a sí mismo?. La respuesta es clara.

No obstante, en algo coinciden: mucho cuidado con el solucionismo y las promesas de eficiencia –sobre todo en sectores como la salud y la defensa– que pueden costarnos mucho más caro de lo que imaginamos. 

Los algoritmos recién comienzan a mostrar todo su potencial, y es ya demasiado tarde para poder resistirse. El mejor consejo, como dice Steiner, parecería ser tenerlos de amigos: “What’s the lesson? Get friendly with bots”. Suena lógico. ◼︎

El Kirchnerismo y el poder

Gran post de mi amigo Leonardo Rodríguez Zoya sobre el momento político que vive Argentina hoy, a las puertas de nuevas elecciones generales que marcarán el futuro de los próximos años. Me hizo recordar algo que escribí allá por 2008 pero que sigue teniendo total vigencia. 

Dice Leonardo:

Allí donde crece el peligro, crece también lo que lo salva, dice el poeta Holderin. Ante el avance del peligro de la violencia y la división, la incomprensión y la intolerancia, el dogmatismo y la pérdida de la humildad, la falta de prudencia y el debilitamiento de la auto-crítica; tenemos la oportunidad de salvar a la Argentina regenerando una cultura política de dirigentes y ciudadanos basada en el diálogo y el respeto, la tolerancia y la comprensión

Les recomiendo leer el post completo y también, por supuesto, seguir su blog

Las guerras de Internet

La red en disputa y un buen libro para su debate

Voy a comenzar diciendo que Guerras de Internet ($) es un libro valiente. 

Natalia Zuazo, su autora, merece todo el crédito por sacar adelante un libro difícil. Y lo es no sólo por el tema en sí mismo –hablar de fierros, cables, vigilancia y poder nunca es fácil; y cuanto menos incómodo– sino también porque la mayoría del periodismo tecnológico en español tiene la mala costumbre de centrarse en el teléfono de moda y no en las tripas del asunto. Es decir, está más cerca de pensar la tecnología en su rol comercial más que en su rol político, y se notó cuando en muchas redacciones la bomba Snowden despertó a todos de la siesta. Además, la cuestión de género no es menor –y la autora bien lo subraya– de aquello que una mujer y periodista se meta en un tema todavía tan masculino. Doble punto.

Por eso digo que es un libro valiente, y además, uno que vale la pena leer. No sólo para el grupo de interesados en eso que se llama Internet Governance, o la “gobernanza” de la red, esto es, cómo se organiza, estructura y se deciden las cosas que todos los días se cuelan por los navegadores, dispositivos y protocolos, sino sobre todo para los que no conocen ese lado y deben conocerlo. Saber quién es quién en este entramado y cómo se organizan las cosas. Ése es el objetivo principal del libro y se cumple. Al final, sabrás que tras bambalinas la red se compone por un complejo entramado físico, con empresas, organismos, personas e historias. 

Zuazo dice que a Internet hay que tratarla con minúsculas para «materializarla», para «hacerla real». Y eso está bien. La red está madura y ya es indistinguible de la realidad (al menos para la afortunada porción del mundo que puede estar conectada). Es uno más de la familia y es hora de que muchos conozcan su realidad.

La documentación que acompaña cada capítulo es muy buena, y se nota el trabajo detrás de cada fuente de referencia. Zuazo le agrega a cada capítulo la pizca justa de relato, testimonio, números y analogías para enganchar al lector. Mención aparte merece el capítulo sobre vídeo vigilancia –uno de los puntos más interesantes del libro– que sin dudas puede ser parte de un nuevo proyecto.

Los unos y los otros

Sin embargo, hay dos cuestiones de fondo en las que no estoy de acuerdo con la autora y sobre los que me gustaría reflexionar. El más importante es la división tan explícita entre los bandos –no en vano el libro se llama Las Guerras– que separa a empresas y gobiernos versus ciudadanos o usuarios. Todos los capítulos se enmarcan dentro de estas categorías, y en algunos puede quedar algo sesgado y hasta parecería buscarse el golpe de efecto.

Cito:

En el caso de internet y de la tecnología, somos tantos los usuarios que, si cada uno entendiera más cómo funciona, tendríamos una fuerza tremenda para defendernos de las nuevas dictaduras, monopolios y abusos que algunos de sus dueños están creando.

Y sigo,

En la tecnología y en las guerras de internet también hay —y habrá— batallas por pelear, territorios en disputa por defender. Depende de nosotros tomar las armas y salir a ocupar esos espacios.

Mientras que en otro pasaje,

(...) les estamos dando a unas pocas corporaciones que dominan nuestra vida en la Red un poder monumental. Google, Facebook, Yahoo, Apple, Microsoft, y algunas más con nombres menos conocidos pero igual de monopólicas, hoy dirigen nuestras vidas, a través de sus aparatos, programas y algoritmos. Lo hacen con la fuerza de gobiernos universales y omnipotentes.

Podría seguir, pero creo que bastan para ejemplificar cierta postura de eso de el infierno son los otros –esto es, gobiernos y empresas– que extienden sus tentáculos y son los culpables de todos los males. Personalmente tengo otra posición, y es que en esto, definitivamente, el infierno también somos nosotros, los usuarios. 

Nosotros somos los que no leemos términos y condiciones de servicio, los instalamos apps sin saber qué hay detrás, los que delegamos la autoridad –no solo en las redes sociales, sino también en la política real– y poco nos importa. Nos da igual, en el 90 por ciento de los casos. Es más, hay gente que está convencida de que quiere dar sus datos para que su publicidad sea más eficiente. Porque si se dice que vigilan los gobiernos y las empresas, también debe decirse que vigilan las personas. Desde aquel stalker que todos conocemos hasta los que hacen phishing, scamming o robo de identidad, que no se mencionan. Todos vivimos en una sociedad vigilada por todos, desde tu ex novia hasta el gobierno, desde la inocente foto en Facebook hasta los datos de tarjetas de crédito.

¿Y qué hay de la responsabilidad de los usuarios –el otro bando– en esta guerra? En este caso la autora señala algunos de los “intercambios”, o trade-offs que hacemos con los gobiernos y las empresas todos los días para que nos quede claro que eso tiene un costo. Eso sí, no va más allá de mencionar que es importante saber lo que estamos delegando –nuestros datos– y tomarte el tiempo de ser más prudente e informarte. Si hablamos que estamos en tiempos de guerra, esta llamada a mi no me resulta suficiente ni convincente.

Alguna vez escuché a Vint Cerf referirse a Internet como si fuera una suerte de espejo, donde la sociedad se refleja a sí misma, y creo que sigue siendo una analogía muy apropiada. Si al vernos en el espejo no nos gusta lo que vemos, la solución no pasa por cambiar –o romper– el espejo, pues pongamos cual pongamos siempre veremos lo mismo. Internet refleja lo que somos como sociedad. Y el problema es que no sabemos gestionar la velocidad de este cambio. Ni las leyes, ni los políticos, ni tampoco los ciudadanos. Un día nos levantamos y vemos cámaras en las calles y al tercer día ya las naturalizamos. Es imposible lidiar con ese ritmo, donde toneladas de información se vierten –de forma voluntaria e involuntaria– a miles de fuentes.

El pueblo debe saber

Otro de los argumentos de base del libro es –en pocas palabras– que “el pueblo debe saber” en qué manos está la red, tanto para las infraestructuras como las aplicaciones y ecosistemas. Se pregunta sobre quiénes son los dueños, dónde están y cuáles son sus intereses. Eso creo que es importante, sin duda es importante saberlo. 

Cito:

Saber quiénes son sus dueños, qué parte opera cada uno y cómo llegó a ocupar su lugar de poder nos permitirá entender las guerras que vienen y cómo defendernos en ellas. No entender esa cartografía es vivir en una habitación oscura.

Pero aquí la red no debería tener esa excepcionalidad. Porque no creo que que sea menos importante que saber sobre la concentración industrial en las semillas (Monsanto), los fármacos y remedios (Pfizer, Roche), o en los aviones (Airbus, Boeing) que nos suben diez mil metros arriba del suelo. O hasta incluso en industrias más inocentes –pero importantes, como la alimentación– que concentran el azúcar, el chocolate y el café  del mundo en un puñado de manos.

La concentración de industrias es inherente al capitalismo moderno, y para darse cuenta no hace falta retroceder 150 años, leer a Karl Marx o saber que sólo hay tres compañías de telefonía móvil en una ciudad. En las comunicaciones –como en otras industrias intensivas en capital– la infraestructura se concentra porque no cualquiera puede tirar un cable submarino de nueve mil kilómetros y mantenerlo. O subir satélites al espacio, desarrollar un fármaco, montar radiobases o desplegar fibra óptica sin dinero. Son obras que requieren muchísimo capital y no está al alcance de cualquiera. O al menos en las condiciones económicas actuales.

En la economía digital este precepto también se aplica, y de forma mucho más exacerbada, ya que se hace más rápido y de forma mucho más cruda. A ritmo exponencial. Es la realidad, y aquel que todavía no se haya espabilado le queda poco tiempo de aviso. Así lo explica, por ejemplo, Peter Thiel en su libro From Zero to One ($), donde señala la importancia de los creative monopolies para la emergencia de plataformas y negocios. Gracias a este esquema la empresa Airbnb, por ejemplo, pasó de 300 mil habitaciones a más de 1 millón solo en un año, pasando por encima a cadenas hoteleras de más de un centenar de años.

Como ya lo mencionamos hace algún tiempo, Internet entró en la era de madurez y dejó atrás sus años de inocencia. Es un error seguir pensando en que hay que legislar o acomodar nuestra sociedad por Internet. Resguardar nuestros datos por Internet.  Promover normas de privacidad por Internet. ¿Porque ahora hay gobiernos malos y empresas viciosas de poder hay que hacerlo? Lo que necesitamos es legislar –y concientizar– sobre nuestra privacidad y derechos no matter what. Pero esa es otra discusión.

En esa misma línea, ¿por qué no puede discutirse la neutralidad de la red de forma abierta, sin dejar de ser políticamente correcto? ¿o como mínimo, pensar en aplicar las mismas reglas a todos los actores del mundo digital? Nadie duda que Cory Doctorow, Jakob Appelbaum, Lawrence Lessig o Julian Assange comparten un mismo espectro de ideas sobre la red. Ahora bien, en el libro no hay contrapuntos ni voces opositoras a esos argumentos, y creo que es algo que se echa en falta. 

El problema –y no se le achaca al libro, aclaro– es que sigue habiendo todavía dogmas intocables al hablar de Internet –Evgeny Morozov las llama «vacas sagradas»–, y la neutralidad de la red es uno de ellos. Pero es un debate que ya tiene diez años y hace falta cambiarle las ropas. Todavía desafiar la neutralidad de la red sigue equivaliendo a desafiar la libertad de expresión. 

Cito un ejemplo para cerrar este punto: 

La neutralidad es importante por muchas razones. Primero, porque garantiza la igualdad de los contenidos, por lo tanto, la libertad de expresión.

¿Quién es el que se anima a ir en contra la libertad de expresión? Nadie, por supuesto. Mientras el debate de la neutralidad quede encapsulado en ese principio, será muy difícil poder repensarlo de acuerdo a las capacidades y necesidades de la red del futuro.

Santa Internet

Al inicio del libro la autora advierte: hay que bajar a Internet del pedestal, despojarla del aura de santidad y quitarle el estatus de religión universal (algo que debo confesar me entusiasmó mucho leer). Y eso es algo en lo que estoy completamente de acuerdo. Y es más, digo que es algo que hace falta hacerlo de forma rápida porque llevará tiempo. Revisar los principios, desafiar los preceptos, hacerla secular.

No obstante, al ir pasando las páginas y llegar al final la impresión que me deja es que lo que se busca es bajarla del altar, limpiarle el polvo y volver a subirla otra vez. Creo que es un paso que sirve para conocerla. Pero poco para desafiarla. ◼︎