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Votar es democracia, pero democracia no es solo poder votar

Votar es democracia, pero democracia no es solo poder votar

Este texto fue publicado en la edición #2 de Las Artes Clickables

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Pensaba escribir en esta newsletter sobre otros temas. Por ejemplo, que aquí en el hemisferio norte el verano ya dio el portazo y el frío está a unos pocos pasos, o algunas ideas sobre el impacto que están teniendo (y pueden tener) las catástrofes climáticas sobre el ecosistema de Internet; o sobre las poco afortunadas declaraciones del señor Assange en las últimas semanas. A pesar de que tenía hecha la lista de todas las cosas que quería compartirles, les voy a decir que no. He decidido cambiar los planes de esta edición de Las Artes Clickables y asumo esa responsabilidad. Van mis disculpas si esperaban otra cosa.

Después de lo que vi este domingo me dije que tenía que escribir sobre lo que está pasando en Cataluña. No podía dejar de expresarme y compartir con ustedes, un puñado de amigos del otro lado de la pantalla, lo que pienso sobre este tema. Pero quería hacerlo de forma reposada, y sobre todo, alejado de la rabia que llena las redes sociales. Esos espacios no me representan, no se me hace cómodo expresar algo tan relevante entre ironías, bots, memes e insultos. Imagino que a ustedes les pasa lo mismo.

Creo poder opinar sobre este asunto porque llevo una pequeña pero considerable cantidad de años viviendo en España. Los suficientes para decir que es un país magnífico. Un país con gente abierta, solidaria y que le gusta disfrutar de la vida (lo que ya dice muchas cosas). España es un país diverso –muy diverso, a los ojos de un latinoamericano que para escuchar otra lengua tiene que recorrer miles de kilómetros– que ha sufrido y ha pasado muchos años para conseguir una democracia. Un país que ha sufrido y ha sabido levantarse. Un país que merece el respeto de todos. Eso es España.

Pero bueno, vamos a lo que quiero decir. Con el pasar de las semanas y el conflicto subiendo la temperatura ya intuía yo que se iba a liar. Como quien dice, que iba a haber quilombo. Pero nunca pensé que me encontraría por estas latitudes con lo que vi este fin de semana. Prácticas políticas que sinceramente creía ya erradicadas de un continente como Europa. Partidos políticos cargando contra la misma ley que les da razón de existencia, fuerzas de seguridad –no importa si verdes, azules o rojas– cargando contra civiles; o autoridades políticas haciendo oídos sordos a la realidad. En suma, asistir a la televisación en directo de un fracaso. Un auténtico fracaso de la política en un continente –Europa– que encontró su mayor progreso gracias a la política.

Claro, a toro pasado hoy lo más fácil es buscar responsables. Señalar culpas, llamar a un sentido común que no existe, apelar a la razón mientras tribuneocon un tuit. Y es fácil porque responsables hay. Claro que sí. Por un lado, las fuerzas independentistas que se cargaron toda la legalidad para imponer la suya, esa que les conviene. Y por otro, un gobierno central que desde hace años viene escondiendo la basura debajo de la alfombra, ignorando el problema y no dándole la magnitud que tiene. Pero sobre todo, que cree que con defender la legalidad es suficiente. ¿O acaso no saben que nadie estará del lado de un policía cuando le pega a una anciana?. Jamás. Porque esas imágenes no hacen más que poner en evidencia que todo diálogo ha fracasado. Porque escudarse en un artículo o en un inciso es el último refugio de aquellos que solo quieren señalar. Las trincheras de los que no quieren hablar.

Pero también quiero decir otra cosa. Las fuerzas independentistas se han apropiado y profanado –sí, usaré ese término– de un concepto tan alto como el de la democracia. Esto también hay que decirlo, porque lo han recortado y simplificado a un extremo que me enfurece. Porque votar es democracia, claro que lo es. Votar es una parte importante de la democracia –imprescindible–  pero no suficiente. Porque democracia no es solo poder votar. Democracia también es respetar la división de poderes (¿les suena?), democracia es también el respeto a la pirámide de las leyes (¿les suena también?), democracia es también dejar debatir a la oposición en un parlamento; democracia es también dar garantías de transparencia y neutralidad a un proceso electoral; democracia es dejar expresar y también dejar escuchar.

Por lo tanto, aquello a lo que tan livianamente se refieren como “la democracia”, es en realidad el delicado conjunto de los equilibrios que la sostienen, y no solamente meter un papel en una urna. Por favor, que si perdemos la conciencia sobre esto lo perdemos todo. La democracia es ese funambulista que camina con los ojos cerrados sobre la cuerda, haciendo equilibrio paso a paso y midiendo al milímetro los pesos y contrapesos para no caer al vacío. Lamentablemente, la historia nos ha demostrado que cuando hay alguien que tira más de un lado que del otro la democracia cae. Y una vez que se caen, a las democracias les cuesta mucho volver a ponerse de pie y recuperar la confianza. 

Hoy siento desazón porque la situación no tiene buena pinta. Las autoridades políticas –en mi modesto entender– no parecen estar a la altura de lo que exige esta situación de crisis. ¿Cuál es el camino entonces? Podrá ser el de barajar y dar de nuevo. Buscar nuevos interlocutores, nuevas formas. Quizá es el momento, ¿por qué no?. España lo merece. Una España que haga de su diversidad una fortaleza.

Pero atención, no pierdo las esperanzas en que este momento pueda revertirse. No la voy a perder. Porque quiero el bien de todos los catalanes, españoles y también de los cientos de miles de personas que, con espíritu fraternal y abierto, esta tierra abriga y acoge. 

Entre ellos, quien hoy les escribe esta carta.▪︎

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