Las guerras de Internet

La red en disputa y un buen libro para su debate

Voy a comenzar diciendo que Guerras de Internet ($) es un libro valiente. 

Natalia Zuazo, su autora, merece todo el crédito por sacar adelante un libro difícil. Y lo es no sólo por el tema en sí mismo –hablar de fierros, cables, vigilancia y poder nunca es fácil; y cuanto menos incómodo– sino también porque la mayoría del periodismo tecnológico en español tiene la mala costumbre de centrarse en el teléfono de moda y no en las tripas del asunto. Es decir, está más cerca de pensar la tecnología en su rol comercial más que en su rol político, y se notó cuando en muchas redacciones la bomba Snowden despertó a todos de la siesta. Además, la cuestión de género no es menor –y la autora bien lo subraya– de aquello que una mujer y periodista se meta en un tema todavía tan masculino. Doble punto.

Por eso digo que es un libro valiente, y además, uno que vale la pena leer. No sólo para el grupo de interesados en eso que se llama Internet Governance, o la “gobernanza” de la red, esto es, cómo se organiza, estructura y se deciden las cosas que todos los días se cuelan por los navegadores, dispositivos y protocolos, sino sobre todo para los que no conocen ese lado y deben conocerlo. Saber quién es quién en este entramado y cómo se organizan las cosas. Ése es el objetivo principal del libro y se cumple. Al final, sabrás que tras bambalinas la red se compone por un complejo entramado físico, con empresas, organismos, personas e historias. 

Zuazo dice que a Internet hay que tratarla con minúsculas para «materializarla», para «hacerla real». Y eso está bien. La red está madura y ya es indistinguible de la realidad (al menos para la afortunada porción del mundo que puede estar conectada). Es uno más de la familia y es hora de que muchos conozcan su realidad.

La documentación que acompaña cada capítulo es muy buena, y se nota el trabajo detrás de cada fuente de referencia. Zuazo le agrega a cada capítulo la pizca justa de relato, testimonio, números y analogías para enganchar al lector. Mención aparte merece el capítulo sobre vídeo vigilancia –uno de los puntos más interesantes del libro– que sin dudas puede ser parte de un nuevo proyecto.

Los unos y los otros

Sin embargo, hay dos cuestiones de fondo en las que no estoy de acuerdo con la autora y sobre los que me gustaría reflexionar. El más importante es la división tan explícita entre los bandos –no en vano el libro se llama Las Guerras– que separa a empresas y gobiernos versus ciudadanos o usuarios. Todos los capítulos se enmarcan dentro de estas categorías, y en algunos puede quedar algo sesgado y hasta parecería buscarse el golpe de efecto.

Cito:

En el caso de internet y de la tecnología, somos tantos los usuarios que, si cada uno entendiera más cómo funciona, tendríamos una fuerza tremenda para defendernos de las nuevas dictaduras, monopolios y abusos que algunos de sus dueños están creando.

Y sigo,

En la tecnología y en las guerras de internet también hay —y habrá— batallas por pelear, territorios en disputa por defender. Depende de nosotros tomar las armas y salir a ocupar esos espacios.

Mientras que en otro pasaje,

(...) les estamos dando a unas pocas corporaciones que dominan nuestra vida en la Red un poder monumental. Google, Facebook, Yahoo, Apple, Microsoft, y algunas más con nombres menos conocidos pero igual de monopólicas, hoy dirigen nuestras vidas, a través de sus aparatos, programas y algoritmos. Lo hacen con la fuerza de gobiernos universales y omnipotentes.

Podría seguir, pero creo que bastan para ejemplificar cierta postura de eso de el infierno son los otros –esto es, gobiernos y empresas– que extienden sus tentáculos y son los culpables de todos los males. Personalmente tengo otra posición, y es que en esto, definitivamente, el infierno también somos nosotros, los usuarios. 

Nosotros somos los que no leemos términos y condiciones de servicio, los instalamos apps sin saber qué hay detrás, los que delegamos la autoridad –no solo en las redes sociales, sino también en la política real– y poco nos importa. Nos da igual, en el 90 por ciento de los casos. Es más, hay gente que está convencida de que quiere dar sus datos para que su publicidad sea más eficiente. Porque si se dice que vigilan los gobiernos y las empresas, también debe decirse que vigilan las personas. Desde aquel stalker que todos conocemos hasta los que hacen phishing, scamming o robo de identidad, que no se mencionan. Todos vivimos en una sociedad vigilada por todos, desde tu ex novia hasta el gobierno, desde la inocente foto en Facebook hasta los datos de tarjetas de crédito.

¿Y qué hay de la responsabilidad de los usuarios –el otro bando– en esta guerra? En este caso la autora señala algunos de los “intercambios”, o trade-offs que hacemos con los gobiernos y las empresas todos los días para que nos quede claro que eso tiene un costo. Eso sí, no va más allá de mencionar que es importante saber lo que estamos delegando –nuestros datos– y tomarte el tiempo de ser más prudente e informarte. Si hablamos que estamos en tiempos de guerra, esta llamada a mi no me resulta suficiente ni convincente.

Alguna vez escuché a Vint Cerf referirse a Internet como si fuera una suerte de espejo, donde la sociedad se refleja a sí misma, y creo que sigue siendo una analogía muy apropiada. Si al vernos en el espejo no nos gusta lo que vemos, la solución no pasa por cambiar –o romper– el espejo, pues pongamos cual pongamos siempre veremos lo mismo. Internet refleja lo que somos como sociedad. Y el problema es que no sabemos gestionar la velocidad de este cambio. Ni las leyes, ni los políticos, ni tampoco los ciudadanos. Un día nos levantamos y vemos cámaras en las calles y al tercer día ya las naturalizamos. Es imposible lidiar con ese ritmo, donde toneladas de información se vierten –de forma voluntaria e involuntaria– a miles de fuentes.

El pueblo debe saber

Otro de los argumentos de base del libro es –en pocas palabras– que “el pueblo debe saber” en qué manos está la red, tanto para las infraestructuras como las aplicaciones y ecosistemas. Se pregunta sobre quiénes son los dueños, dónde están y cuáles son sus intereses. Eso creo que es importante, sin duda es importante saberlo. 

Cito:

Saber quiénes son sus dueños, qué parte opera cada uno y cómo llegó a ocupar su lugar de poder nos permitirá entender las guerras que vienen y cómo defendernos en ellas. No entender esa cartografía es vivir en una habitación oscura.

Pero aquí la red no debería tener esa excepcionalidad. Porque no creo que que sea menos importante que saber sobre la concentración industrial en las semillas (Monsanto), los fármacos y remedios (Pfizer, Roche), o en los aviones (Airbus, Boeing) que nos suben diez mil metros arriba del suelo. O hasta incluso en industrias más inocentes –pero importantes, como la alimentación– que concentran el azúcar, el chocolate y el café  del mundo en un puñado de manos.

La concentración de industrias es inherente al capitalismo moderno, y para darse cuenta no hace falta retroceder 150 años, leer a Karl Marx o saber que sólo hay tres compañías de telefonía móvil en una ciudad. En las comunicaciones –como en otras industrias intensivas en capital– la infraestructura se concentra porque no cualquiera puede tirar un cable submarino de nueve mil kilómetros y mantenerlo. O subir satélites al espacio, desarrollar un fármaco, montar radiobases o desplegar fibra óptica sin dinero. Son obras que requieren muchísimo capital y no está al alcance de cualquiera. O al menos en las condiciones económicas actuales.

En la economía digital este precepto también se aplica, y de forma mucho más exacerbada, ya que se hace más rápido y de forma mucho más cruda. A ritmo exponencial. Es la realidad, y aquel que todavía no se haya espabilado le queda poco tiempo de aviso. Así lo explica, por ejemplo, Peter Thiel en su libro From Zero to One ($), donde señala la importancia de los creative monopolies para la emergencia de plataformas y negocios. Gracias a este esquema la empresa Airbnb, por ejemplo, pasó de 300 mil habitaciones a más de 1 millón solo en un año, pasando por encima a cadenas hoteleras de más de un centenar de años.

Como ya lo mencionamos hace algún tiempo, Internet entró en la era de madurez y dejó atrás sus años de inocencia. Es un error seguir pensando en que hay que legislar o acomodar nuestra sociedad por Internet. Resguardar nuestros datos por Internet.  Promover normas de privacidad por Internet. ¿Porque ahora hay gobiernos malos y empresas viciosas de poder hay que hacerlo? Lo que necesitamos es legislar –y concientizar– sobre nuestra privacidad y derechos no matter what. Pero esa es otra discusión.

En esa misma línea, ¿por qué no puede discutirse la neutralidad de la red de forma abierta, sin dejar de ser políticamente correcto? ¿o como mínimo, pensar en aplicar las mismas reglas a todos los actores del mundo digital? Nadie duda que Cory Doctorow, Jakob Appelbaum, Lawrence Lessig o Julian Assange comparten un mismo espectro de ideas sobre la red. Ahora bien, en el libro no hay contrapuntos ni voces opositoras a esos argumentos, y creo que es algo que se echa en falta. 

El problema –y no se le achaca al libro, aclaro– es que sigue habiendo todavía dogmas intocables al hablar de Internet –Evgeny Morozov las llama «vacas sagradas»–, y la neutralidad de la red es uno de ellos. Pero es un debate que ya tiene diez años y hace falta cambiarle las ropas. Todavía desafiar la neutralidad de la red sigue equivaliendo a desafiar la libertad de expresión. 

Cito un ejemplo para cerrar este punto: 

La neutralidad es importante por muchas razones. Primero, porque garantiza la igualdad de los contenidos, por lo tanto, la libertad de expresión.

¿Quién es el que se anima a ir en contra la libertad de expresión? Nadie, por supuesto. Mientras el debate de la neutralidad quede encapsulado en ese principio, será muy difícil poder repensarlo de acuerdo a las capacidades y necesidades de la red del futuro.

Santa Internet

Al inicio del libro la autora advierte: hay que bajar a Internet del pedestal, despojarla del aura de santidad y quitarle el estatus de religión universal (algo que debo confesar me entusiasmó mucho leer). Y eso es algo en lo que estoy completamente de acuerdo. Y es más, digo que es algo que hace falta hacerlo de forma rápida porque llevará tiempo. Revisar los principios, desafiar los preceptos, hacerla secular.

No obstante, al ir pasando las páginas y llegar al final la impresión que me deja es que lo que se busca es bajarla del altar, limpiarle el polvo y volver a subirla otra vez. Creo que es un paso que sirve para conocerla. Pero poco para desafiarla. ◼︎