Todo lo que tengo lo llevo conmigo

Poético y conmovedor, Herta Müller consigue en este libro contar de otra manera una página olvidada de la historia: la deportación de alemanes a campos de trabajo soviéticos

Todo lo que tengo lo llevo conmigo [$] (Editorial Siruela, 2009) cuenta la experiencia de Leopold Auberg, un muchacho rumano de la región de Sibiu, que pasa cinco años de su vida en un campo de trabajo soviético en Ucrania. Emplazada en el centro de Rumanía, Sibiu (o también Hermannstadt) fue fundada por colonos sajones en el siglo XII, y era de las mayores colonias alemanas en el este. Todos sus habitantes se sentían identificados como tales, desde lo lingüístico hasta en lo cultural, y en el medio de la segunda guerra eso podía definir la vida o la muerte.

Pero la guerra termina y Stalin ordena a todos aquellos alemanes en los países del este –hombres entre 17 y 45 años y mujeres de 18 a 30– a «colaborar» con los esfuerzos de reconstrucción de la Unión Soviética. Y esto, por supuesto, significa deportación y trabajo esclavo para cientos de miles de personas que son trasladadas en trenes de ganado hacia distintos campos de trabajo –los gulags– a cumplir su condena.

Los cálculos alemanes y soviéticos difieren, pero el total de civiles deportados oscila entre 500.000 y 1.200.000 personas, muchas de ellas muertas por las brutales condiciones de trabajo y alimentación. Pero como Leo, algunos de ellos sobrevivieron al infierno y de eso se trata la historia[1] de Todo lo que llevo lo llevo conmigo.

A pesar de ser un personaje ficticio, el relato está basado en las experiencias vividas por el poeta Oskar Pastior y los recuerdos de la madre de Herta Müller, que cumplió cinco años de trabajo forzado en los campos.

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Hacía una eternidad que no lloraba, enseñé a mi nostalgia a mantener los ojos secos.

Aquellos que estén familiarizados con obras como Si esto es un hombre, de Primo Levi o El archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsyn podrán encontrar cierto paralelo en aquello de que hasta en el lugar más horroroso del mundo pueda existir algo así como lo cotidiano. Este libro recupera esa tradición de describir las rutinas y los detalles nimios de la vida, que aún en las peores de las circunstancias, sigue pasando por los ojos de los protagonistas.

Sin embargo, y aquí está la sorpresa y lo que hace de este libro algo completamente distinto, es que en aquí no hay odio, no hay opresores u oprimidos, no hay verdugos ni víctimas. En Todo lo que tengo lo llevo conmigo están todos a merced de la misma miseria. Todos y cada uno de los que viven en el campo son perseguidos por el mismo despojo y el castigo de la estepa con su sol que nunca alcanza y la nieve que quema. Porque como dice el título, no tienen a nadie más que a ellos, todo lo que tienen lo llevan consigo. Guardias, comandantes, prisioneros y hasta los perros guardianes parecen padecer de un vacío que lo llena todo.

La diferencia está, claramente, en el hambre. Porque el hambre es el único que tiene allí el poder verdadero. El hambre que ciega y arrebata los sentidos de aquello que todavía podría considerarse un hombre. El hambre que roba los cuerpos y juega con los prisioneros como marionetas, tirando más o menos de la cuerda según se le antojan los días.

A lo largo del libro Müller narra episodios de nostalgia, de desidia, de desabrida esperanza, y hasta hay lugar para el humor negro y el absurdo, que en cierta forma hace recordar a Milan Kundera. También reserva un hueco para describir el retorno, amargo y lleno de incertidumbre, del que se fue y por cinco años no se supo nada de él. Un reencuentro con el propio ser, que luego de toda esa experiencia ya no es el mismo.

Como decíamos, el campo es un lugar donde el vacío todo lo ocupa. Vacío en los estómagos, vacío en los recuerdos y hasta en los calendarios, ya que lo único que todos quieren es que el día siguiente sea exactamente igual al anterior. Un día más con vida. Y ésa es la mayor victoria posible en ese lugar.

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La prosa de Müller –premio Nobel de Literatura 2009– es tan deliciosa como sofisticada y viene cargada de ribetes poéticos que hacen de la lectura no sólo una experiencia enriquecedora, sino también sensorial. Creo que por esta razón a muchos les pueda resultar difícil seguir el hilo narrativo del libro, ya que los capítulos son, en la mayoría de los casos, retazos y descripciones de sensaciones, texturas y colores, en paralelo a pequeñas anécdotas y vivencias. Por esta razón no sólo los humanos son los protagonistas, sino también la arena, el cemento, la pala, el armuelle silvestre y hasta la nieve. La descripción que Müller nos ofrece del ecosistema –el campo de trabajo– y el entorno –la estepa– es sin dudas una obra maestra. ◼︎

Algunos fragmentos

 

Algo a lo que aferrarse

«Se que volverás» se convirtió en cómplice de la pala del corazón y en adversario del ángel del hambre. Yo, que he regresado, puedo decirlo: Una frase así te mantiene con vida.

Soledad

En un vagón de ganado toda individualidad se atrofia. Uno está más entre otros que consigo mismo.

Pan de mejilla

Antes de morir de hambre, una liebre te crece en la cara. Entonces piensas que con ése se desperdicia el pan, que en su caso alimentarse ya no compensa porque pronto la liebre blanca habrá crecido del todo. Por eso el pan intercambiado con los de la liebre blanca se llama pan de mejilla.

El hambre que punza

Por encima de su nube blanca, el sol se volvió cuadrado y se deslizó dentro de mi boca. Mi paladar estaba como tapiado, jadeaba. Sentía punzadas en el estómago, los intestinos daban sacudidas y giraban como cimitarras en mi barriga.

Guardia

En las dos torres de vigilancia ubicadas en la fachada del patio del campo, los centinelas permanecen enjutos e inmóviles como si hubieran bajado de la luna.

Nostalgia

No sé porqué el rosa grisáceo posee una belleza tan acariciadora y posesiva, ya no mineral, sino triste y cansadas como las personas. No sé si tendrá color la nostalgia.

Calentar el hambre

Mi compañero del sótano, Albert Gion, había dicho al regresar del turno de noche: Ahora que hace calor, si no tienes nada que comer, al menos puedes calentar el hambre al sol. Yo no tenía nada que comer, de modo que me fui al patio a calentar mi hambre.

Vergüenza

Asar la ropa llevaba aproximadamente hora y media, más tiempo del que teníamos y del agua caliente de que disponíamos para ducharnos. De modo que, después de la ducha, esperábamos desnudos en la antesala. Sarnosas figuras encorvadas, sin ropa parecíamos animales de trabajo inservibles. Nadie se avergonzaba. De qué vas a avergonzarte cuando careces de cuerpo.

Volver a casa

Cuando llevas una eternidad sin saber nada del mundo de casa, te preguntas si deseas siquiera volver y qué esperas encontrar allí. En el campo te arrebatan el deseo. Uno no debía ni quería decidir nada. Querías ir a casa, sí, pero te limitabas a recordar el pasado, no te atrevías a añorar el futuro.

Nubes

Tu abuelo siempre te esperó. El día de su muerte las montañas subieron a las nubes, numerosas nubes extrañas llegaron a la ciudad desde todas partes como maletas de gente desconocida.

    1. A partir de 1950 los prisioneros alemanes fueron progresivamente liberados –o mejor dicho, intercambiados por divisas– y la mayoría de ellos eligió radicarse en Alemania o Austria, huyendo de los organismos de seguridad interior de los países del bloque oriental.